Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 jul 2015

Toca rápido o muere.......................................................................... Chema García Martínez

Demasiadas apreturas y una programación cuestionable en el Jazz al día de San Sebastián.

Vale. La frase no es mía.
 Pero díganme si existe nada más apropiado para encabezar una crónica en la que va a hablarse de John Zorn.
 Le pregunto al portador de la camiseta —un muchachote del Norte— por el origen de la frase estampada a su espalda:
 “Es el lema de Lock Up, una banda de metal rápido”. Lógico. Lock Up o John Zorn: la diferencia está en el matiz y puede que en el precio: 45 cucas, la butaca. El Kursaal, a medio llenar. Lógico, también.
En el rincón de la izquierda, Bill Laswell, con aspecto de homeless, tocando el bajo eléctrico con sensorround; la mitad del de escenario para Dave Lombardo, el esforzado ex baterista de Slayer, con dos de todo: dos bombos, dos cajas..; y, en la otra esquina, John Zorn, pantalones de camuflaje, una silla, y un saxo
. “Para tocar ésta música” me cuenta Lombardo durante el desayuno del día después, “hay que tener dos cosas: agilidad y rapidez”. “Y músculo”, añado, por añadir.
 “No tanto”, me contesta. Como muestra, sus bíceps: fuera de los tatuajes, nada del otro mundo.
Agilidad, rapidez… ¿y qué más?.
 Busco en el propio John Zorn la respuesta a mis cavilaciones: “a lo que hacemos nosotros lo llamamos música”.
Pues bueno, pues me alegro: eso y nada es lo mismo.
 Con esto que se habla de un tipo de música peculiar que se escucha tanto como se siente, quiero decir, físicamente; como un muro de sonido inexpugnable –turbio, tenso, desquiciado- erigido sobre un nivel de decibelios sólo ligeramente inferior al de un Boeing 2707 tomando vuelo.
 La “música” del denominado “Bladerunner Trio” le entra a uno no solamente por los oídos
Por el intestino delgado, también.
Y por los pulmones, las fosas nasales… por todos lados
. No hay nada que se parezca a un tema o composición: “todo lo que tocamos anoche fue improvisado”, me asegura Lombardo.
 “De la primera a la última nota”.
 Hay quien lo soporta y quién no
. A mi lado, la muy conocida chelista japonesa de vacaciones en San Sebastián –siendo haber olvidado su nombre- toma las de Villadiego.
 No ha durado ni 10 minutos en su localidad.
 Y, como ella, unos cuantos
. Pero así es John Zorn: lo tomas o lo dejas.

En la encrucijada

50 años después, el festival de jazz de San Sebastián vuelve a verse en la encrucijada.
Demasiadas apreturas, una programación, cuanto menos, cuestionable (incluyendo una no siempre acertada elección de los escenarios); demasiadas colas y, en muchos casos, una calidad de sonido manifiestamente mejorable… disfrutar del jazz durante el festival ha venido constituyendo una empresa difícil, por no decir imposible, amén de agotadora.
Confusos y desorientados, los integrantes de la caravana del jazz abandonamos la sala en perfecto desorden y sin saber muy bien qué decir.
 “No sé si me ha gustado”, la frase más repetida.
Nos esperaba la Trini para la doble jornada de despedida del festival en su 50 edición.
 Íbamos a asistir a uno de esos raros fenómenos que produce el jazz de tanto en tanto:
 Andrea Motis.
Le supongo al lector informado acerca de quien, con 15 años, andaba ya pateándose los escenarios del jazz en la compañía de su papá –hay que tener cuidado con las malas compañías- y la añadida de su “descubridor” y director musical, Joan Chamorro.
 La chica mona que canta y toca la trompeta, versión jazzística del mito “lolitesco”.
Llegada a la edad de merecer, Motis sigue la misma, tanto como su repertorio muy convencional, que ha llevado por los 5 continentes, y más, porque no hay.
 La cosa, que Andrea Motis arrasa allá donde va.
 Y en San Sebastián, anoche, lo mismo. ¿Qué tiene de especial la susodicha, aparte sus 20 resplandecientes primaveras?: encuentre la respuesta el lector por sí mismo.
 Ante fenómenos como el que nos ocupa, el crítico manifiesta su perplejidad y desconcierto más absolutos.
Actuaciones como la de anoche –una broma, ni eso- ponen en evidencia la fragilidad de una propuesta artística perfectamente inapropiada para un escenario y un festival como éste.
 En otros tiempos, pensaba uno mientras la susodicha se arrancaba con “Poor butterfly” con ese, su aire de no haber roto un plato en su vida, hubieran rodado cabezas; en los actuales, el asunto se traduce en medio centenar de discos vendidos y el personal bailando swing por las esquinas; más, seguramente, que con la estrella de la jornada, una Melody Gardot de pañuelo pirata, pantalones de látex y gafas Ray-Ban
. La última diva del jazz, o así, no sólo ha endurecido su imagen, también su música.
 El bis es tremendo.
Puro funk con un toque bluesy.
 Cuenta, quien lo presenció, del encuentro en el backstage entre las 2 protagonistas de la noche; aquí, la gatita, su vestidito y su trompeta, mirando y sin saber dónde mirar; allá, la tigresa a medio desvestir, de no muy buen humor
. Pero eso, mejor, lo dejaremos para una próxima crónica.
 Menores de edad, abstenerse.

 

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